24 de junio de 2011

Impacto de las Redes Sociales en el Comportamiento Humano

El uso de las redes sociales para compenetrarnos con las personas que conforman nuestro mundo se ha vuelto imprescindible, al punto de que quienes no están afiliados a ellas pueden sentirse en situación de aislamiento. Por otro lado, aunque la tecnología nos permite relacionarnos cada vez con más personas, los estudios señalan que el ser humano tiene limitaciones para esto en términos de cantidad. Sir Ken Robinson, docente inglés experto en temas de calidad de enseñanza, innovación y recursos humanos, señala que “para saber quiénes somos, tenemos que comprender cómo estamos conectados”.


En el programa de Televisión Española llamado “Redes”, el presentador Eduard Punset entrevistó a James Fowler, considerado un “gurú” del desarrollo conductual humano en las redes sociales. Es un científico genopolítico norteamericano. La genopolítica es una ciencia en expansión que atiende al estudio de las bases genéticas del comportamiento político. Sus estudios sobre la influencia de los genes en la votación y en la participación de las personas en redes sociales son muy respetados, y en Estados Unidos se utilizan en las campañas electorales, en educación y en mercadotecnia. Ha experimentado sobre el igualitarismo y la evolución de la cooperación, un conocimiento crítico para comprender el desarrollo de las sociedades humanas. Junto a Nicholas Christakis, escribió “Conectados: El sorprendente poder de nuestras redes sociales y cómo forma nuestras vidas” (Ed. Little, Brown & Co., 2009). Fowler inició el estudio de las redes sociales al leer que alrededor de un 70% de los homicidios en Estados Unidos suceden entre personas que se conocen.

En versiones anteriores del mismo programa, se conversó con el antropólogo Robin Dunbar sobre la naturaleza supersocial del ser humano. Este científico defiende la tesis de que el cerebro humano está diseñado para relacionarse efectivamente con unas 150 personas, cifra constante histórica y culturalmente. Su teoría ha sido tan consistente que se le ha llamado el “número Dunbar”.

En ese mismo orden, James Fowler habla de una creación de mundos pequeños, aquellos generados naturalmente por nuestra interacción en sociedad. Fowler experimentó sobre una idea derivada de las investigaciones hechas en la década de 1960 por Stanley Milgram, quien determinó que la media para llegar a cualquier persona en el mundo, entre conocido y conocido, es de seis individuos. Fowler no se limitó a comprobar esa distancia entre personas, sino que también comenzó a estudiar las influencias de dicha comunicación. Se dio cuenta de que la obesidad y el consumo de tabaco pueden difundirse entre las personas conocidas hasta con tres grados de separación. Propone en su libro que la conexión es un contagio.

Tanto los estudios de Fowler como la tesis de Dunbar nos llevan a escudriñar la premisa de los sociólogos de que la tecnología no cambia a la sociedad, sino que es un agente de transformación y que la sociedad cambia en sí misma. ¿Será esto cierto? Entonces, ¿por qué se habla de una ciber-sociedad y de mundos pequeños? ¿Cómo negar que las redes impactan tanto en la identidad como en la relación de los seres humanos en sociedad?

Desde que Tim Berners Lee engendró a finales de los ‘80 la “world wide web” o lo que conocemos hoy como Internet, el mundo ha cambiado. Los sitios especializados en seguimiento de estadísticas del comportamiento de los usuarios señalan que debido a que una sola computadora con conexión a Internet puede ser utilizada por varias personas, la cantidad de usuarios se mide en términos de los correos electrónicos o buzones de recibo de correspondencia electrónica (emails). En el 2009, por ejemplo, había 1.4 billones de usuarios de correo electrónico a nivel mundial, y esta cifra aumenta a razón de 100 millones de usuarios nuevos por año.

En el consenso de las opiniones vertidas por los expertos, los fines básicos de las redes sociales son: compartir un perfil, formar parte de una red de amigos, encuentro y reencuentro de personas con tus mismos intereses, búsqueda de trabajo, darnos a conocer, y hacer negocios. Esto es, se comparten intereses y necesidades. Sin embargo, las razones de afiliación no han sido estáticas, sino que han cambiado a través de los años. En la década de 1990, las redes se utilizaban como multitareas y no se veía fidelización (favoritismo por una u otra). En 1995 aparece Geocities, que por primera vez albergó una considerable cantidad de usuarios compartiendo información desclasificada. MySpace fue una de las primeras iniciativas de Microsoft que hasta el 2005 tuvo un pico de usuarios muy aceptable.

Con el correr de los años, las facilidades que la tecnología brinda a nuestras vidas han ocasionado un repunte en el uso de plataformas como Facebook, Messenger o Twitter. Estamos más en contacto con ellas porque ahora podemos acceder desde los teléfonos portátiles. En el plano físico, ellas representan el poder de la comunicación en distancias y tiempos cada vez más cortos. En los últimos años hemos visto cómo los usuarios de estas redes impactan en la transmisión de los acontecimientos, en tiempo real y en el lugar de los hechos, y en ocasiones hasta desfiguran su objetividad, de tal modo que algunos gobiernos han decidido controlar estos medios para evitar la filtración de propaganda “negativa”. Durante las revueltas que aún se desarrollan en el Norte de África, el gobierno chino ha bloqueado la red para mantener el status quo de la población. Esta manipulación de los ciudadanos hace entender que China reconoce el poder de contagio del que habla Fowler.

Plataformas más antiguas como el Messenger han ido señalando el camino en cuanto a las herramientas preferidas que hoy utilizamos en todas las demás redes. En julio de 2010, Facebook alcanzó los 500 millones de usuarios. Esta cifra por sí sola no supone nada extraño. La percepción global es que Facebook contaría con una cifra mayor de afiliados por la fuerza de su popularidad. Sin embargo, en términos porcentuales, 8 de cada 100 personas utilizan esta plataforma para diferentes propósitos, la mayoría de ellos sociales (familia, amistad) y de negocios. Es por esto que representa un excelente laboratorio de la conducta humana en sociedad. Entre algunas estadísticas curiosas que encontramos casualmente en Internet, se dice que un estudio entre usuarios de Facebook arrojó que las personas reciben más felicitaciones en su cumpleaños por medio de mensajes en su “muro” que mediante el teléfono o personalmente. Esto es entendible toda vez que podemos manejar un mayor número de “amigos” o “conocidos” por esta vía que las 150 conexiones humanamente posibles de las que habla Dunbar.

Con la tecnología se han salvado las trabas de espacio y tiempo que tuvo el hombre para esparcir el conocimiento desde épocas remotas, inclusive el conocimiento de hechos frugales, y esto repercute con una fuerza revolucionaria que moldea comportamientos, usos y formas de pensar.

En términos conductuales, por ejemplo, en un primer acercamiento las personas te solicitan tu número de celular, tu “BB pin” o tu correo electrónico antes de preguntar tu apellido. En las aplicaciones de trabajo, en las admisiones de hospital, en las solicitudes de crédito, en todos lados te preguntan por estos datos indicativos de que formas parte de una red social. Pareciera como si las nuevas formas de conectarnos suponen una identidad alterna que cada día con más fuerza se va convirtiendo en la identidad principal. Si no estás conectado, si no tienes un correo electrónico o no eres un usuario de estas plataformas sociales, simplemente no existes. Tratemos de reconocer un momento en el que hayamos sentido algún tipo de exclusión por no contar con un celular, un blackberry, una cuenta de correos o un usuario en Twitter o Facebook... Ese es el poder conjuntivo de una red social.

Los conocidos “emoticones” o íconos gestuales nos permiten expresar en la red casi cualquier estado de ánimo; esto es, podemos llorar, sonreír, ponernos rojos de la rabia y ser soeces con uno de estos muñequitos, sin siquiera mover un músculo de nuestro rostro o articular palabra. Estos iconos y el lenguaje cibernético en general tienen un cometido global: rompen las barreras del idioma y nos llevan a cierta universalidad en términos de comunicación. Esto también es globalización. Algunos lingüistas aseveran que en los últimos 25 años, la tecnología ha sido el mayor agente de cambio y enriquecimiento de los idiomas, más que el encuentro de culturas que ha determinado su evolución desde la prehistoria. Tal vez el ejemplo más fehaciente lo vemos en los usuarios de redes de culturas orientales, quienes no suelen ser corporalmente expresivos en afectos y emociones, pero utilizan los emoticones en la misma medida que el resto de los usuarios a nivel global, como una forma de expresión reaprendida.

La accesibilidad de la tecnología en nuestras vidas en sociedad ha acortado nuestro mundo, pero ha expandido nuestras relaciones con la gente. Ya nadie escapa de su experiencia en ellas. Las estadísticas de redes sociales así lo confirman: son la cuarta actividad más popular en la red, superando al correo electrónico; se dice que si Facebook fuera un país, sería el cuarto mayor poblado del mundo por la cantidad de usuarios; la tasa de crecimiento (afiliación) anual de Twitter es del 1000%; en Youtube se suben en promedio 20 horas de video cada minuto. Para el análisis científico de un fenómeno, ¡qué mejor referencia que los números!


Las nuevas formas de interacción humana no deben verse sólo desde el plano del impacto social, sino que albergan también subtemas oscuros y peligrosos: los dilemas de la seguridad y la confidencialidad. El usuario de redes sociales se encuentra más expuesto al fraude tecnológico y a la manipulación, toda vez que su vida entera es ventilada ante los ojos de propios y extraños, siendo el mismo usuario el facilitador para que se vulneren sus derechos de privacidad y que sus datos se utilicen de forma ilícita. Lo más peligroso es que, una vez entregados estos datos a las plataformas de intercambio, es casi imposible borrar su rastro. Ejemplo de ello es Facebook, quien enfrenta varias demandas de eventuales usuarios que decidieron darse de baja y luego encontraron que sus páginas aún estaban disponibles con todos sus datos personales, fotografías, videos y contactos. Esto es cien por ciento verificable: si tienes una página en Facebook, te das de baja y dentro de un mes o de cinco años deseas reactivar tu cuenta, sorprendentemente encontrarás tus datos aún colgados. Adicionalmente, recordemos que las plataformas no discriminan entre personas vivas o fallecidas, así que la violación de la intimidad en estos casos es trascendental.

El crimen organizado cuenta con personal idóneo que depreda las redes en busca de incautos que explayen sus datos confidenciales que sistemáticamente les permite armar el rompecabezas para defraudarles. En países como los Estados Unidos de América, durante los últimos años se han tipificado más delitos dentro del título tecnológico que en el resto de las categorías penales conocidas. En el caso de los jóvenes y niños la vulnerabilidad es aún mayor, porque la experiencia señala que no son capaces de determinar el límite de información ofrecida que les pone en peligro. Las estadísticas muestran que el 60% de los usuarios de redes sociales son menores de edad. Nuestras interacciones en las redes sociales derivan en delitos tales como robos, secuestros, violaciones, suplantación de identidad y fraude (especialmente con tarjetas de crédito y transacciones en línea con entidades bancarias y sitios de compra).

El espionaje laboral es una forma nueva de manipulación de la información en detrimento del usuario. Hay empresas que se dedican a rastrear la actividad de sus empleados en las redes sociales, con el pretexto de “monitorear” su idoneidad social para adquirir o mantener puestos de liderazgo. En estos casos, pudiéramos incluir el fenómeno de aplicación de la intemperancia en cuanto al desempeño social de funcionarios públicos y profesionales de quienes se demanda un comportamiento moral específico acorde con sus responsabilidades sociales (profesores, jueces).

Se dice que la era digital ha abierto más espacios a las personas, pero también nos ha hecho más vulnerables. Antes éramos un nombre y un apellido, con una historia personal. Ahora somos un número en la mayoría de los sistemas en los que interactuamos. Entre las llamadas leyendas conspirativas está la de los gobiernos que manipulan o vulneran a sus contrarios por medio de la tecnología y el uso de información confidencial. Pero, ¿hasta dónde puede ser cierto? Es bien conocido que los gobiernos cuentan con personal idóneo, que casi siempre forma parte de su élite, quienes atienden “asuntos de seguridad nacional”, perfilando enemigos potenciales del estado y de quienes lo administran. Antes es importante aclarar que entendemos la manipulación de datos como la injerencia en resultados científicos (Estadística) para lograr objetivos de percepción en la ciudadanía, y que el espionaje gubernamental se refiere al control de las interacciones de los ciudadanos con supuestos fines de defensa nacional. Procedamos a partir de hechos conocidos para luego entrar a fondo en la probabilidad o veracidad. En la misma red encontramos noticias de todas partes del mundo sobre denuncias de los ciudadanos por la interceptación de sus líneas telefónicas fijas y celulares, en una clara violación del derecho de privacidad, dado que dichas interceptaciones no están aprobadas mediante ordenamiento judicial sino que se realizan de forma clandestina y arbitraria. Estas prácticas tienen una fuerte connotación política, porque generalmente los gobiernos no “pinchan” teléfonos a sus seguidores, sino a sus detractores u opositores. Se observa que estas denuncias son originadas en países del Tercer Mundo, en cuya mayoría existe la percepción de que la seguridad jurídica y el estado de derecho están altamente cuestionados. En el caso de la manipulación de resultados, encontramos cómo en nuestro propio país los ciudadanos perciben una realidad de violencia que no concuerda con los números presentados por las entidades de seguridad. Aunque esto se aleja del tema de las redes sociales, se puede aplicar a nuestro análisis en el punto en que los medios de comunicación son intervenidos y coaccionados para disminuir esa percepción de criminalidad. En este sentido son tocados todos los medios modernos de comunicación, y los propios gobiernos poseen las mismas herramientas en las redes sociales que el resto de los ciudadanos para mostrar sólo propaganda en su favor (Facebook, Youtube y Twitter). En países donde existe mayor confianza en el sistema judicial, como Estados Unidos o Reino Unido, y luego de los atentados terroristas de 2001, hay sistemas que recogen y registran llamadas, correos electrónicos y datos de todos los usuarios que utilizan los medios o la red, con poca o nula reclamación social. En este sentido, podríamos argumentar que la anuencia de los ciudadanos es una triste evidencia de que estamos cambiando libertad por seguridad. No obstante, coincidirá conmigo el lector en que se necesita mayor legislación en esta materia al ser muchos los derechos individuales que se están violentando con dichas prácticas: ¿Hasta dónde debería ceder el ciudadano para que el Estado cumpla con sus fines? ¿Hasta dónde es sano que los usuarios expongan sus datos confidenciales en las redes?

Expertos en todos los campos resumen que la tecnología es el factor que más ha transformado la vida en sociedad, porque ha permitido al mundo hacerse más pequeño pero también más diverso. La tecnología y el uso de las redes sociales se conjugan para determinar la llamada “sociedad de la información y del conocimiento”, la cual es vista como la sucesora de la sociedad industrial. Pero para que éste sea un concepto transformador realmente universal, primero habrá que salvar lo que conocemos como brecha digital, que es la diferencia socioeconómica entre sociedades según su accesibilidad a Internet. Es un elemento tan poderoso que de ello dependerá en gran medida el futuro desarrollo de los países pobres.

(Agradecemos al Profesor Rafael Ruiloba por su curso de construcción del texto argumentativo)

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